Tras el fin de Chancho en Piedra y una etapa marcada por cambios personales, Lalo Ibeas encontró en la cumbia de doble sentido una nueva voz. Bajo el nombre de Pascual Arroyo, revive una tradición popular chilena que siente en riesgo de desaparecer. Ya tiene un primer single rotando en las radios y asegura que va por más. “Lo único que quiero es escuchar la música y cagarme de la risa”.

A Ibeas siempre le llamó ese cruce entre la música y el humor picante. En su infancia resonó Los Hijos de Putre, el proyecto de cumbia picaresca que facturó clásicos como La vieja Julia, Conchita ingrata, Agüita de culén, entre muchos otros. “Mi papá tenía unos casetes y yo se los sacaba como si fuera algo prohibido -cuenta a Culto-. Me acuerdo de llegar a la casa de un amigo con los casetes de Los Hijos de Putre y de Metallica. Nos encerrábamos en el auto de su papá, escuchábamos rock duro y también casetes de chistes cochinos de Daniel Vilches, Jorge Franco y también de los Hijos de Putre”

Esas tardes de risotadas destempladas en el auto familiar del padre de su amigo, se vinieron a la memoria de Ibeas al recordar Se murió Tite. Y sintió nostalgia. “Tuve esa sensación de decir: pucha, ya nadie está haciendo esta música. Porque hoy la cumbia o es romántica o es de hueveo, carrete y todo eso”. Fue entonces que tuvo una revelación. Una misión divina. “Sentí como un llamado. Esto lo tengo que hacer yo”.

Fue el momento en que comenzó a cuajar el regreso musical de Ibeas. A tres años de la disolución de Chancho en Piedra, el grupo que lo dio a conocer, pudo explorar otros intereses. “Chancho nos consumía todo el tiempo en nuestras vidas, desde los 15 años”, dice. Así, lanzó Antigravitacionales, un libro de cuentos que homenajea su gusto por la Ciencia Ficción. También le sacó lustre a su profesión de informático para incursionar en la industria de los videojuegos y además cruzó el Atlántico para iniciar una nueva vida en España, aunque tras un divorcio, se devolvió a Chile.


Pero el costado musical nunca dejó de palpitar. Siguió escribiendo canciones, pero sin prisa, sin pretensión. Ahí comenzó a experimentar con algunas letras picarescas inspiradas en la obra de Hijos de Putre o Hirohito. “Pero sentía que algunas me quedaban muy chulas, muy cumas”, cuenta.

Aunque buscaba a tientas el tono preciso para sus nuevas canciones, Ibeas tenía una cosa en claro. “Quería hacer algo distinto, no quería hacer algo igual a lo que había hecho Chancho”. Eso significaba, de entrada, no hacer rock ¿pero entonces qué? La misma vida en España comenzó a darle una respuesta. “Yo de repente iba a fiestas allá y tocaban de todo, menos cumbia. Echaba de menos Chico Trujillo, Tommy Rey y sentía que eso era parte de nuestra identidad”. En parte se sacó las ganas cantando en un grupo chileno de cumbia, afincado en España, los Xixamora. Pero una vez de regreso en el país, ocurrió el encuentro que acabó por definirlo todo.

Ibeas retomó el contacto con viejos amigos. En una fiesta se cruzó con el “Negro” Rodrigo Medel, de la banda Tomo como Rey. Le mostró algo de ese nuevo material que estaba amasando. “Y el negro, me dice ‘hueón, este disco lo tengo que hacer yo’. Y me insistió. A los días me llamó y me decía que él conocía bien la cumbia, que sabía lo que había que hacer. Me insistió harto, hasta que le dije, bueno, probemos”.